jueves, 12 de abril de 2018


Amanece. Permanecen enganchados los jirones de niebla en el gran salón de las encinas, al fondo triscan los brotes tiernos de la primavera una corza  y sus dos crías. Revolotean a su alrededor las palomas torcaces nerviosas, se presiente la sombra del azor en la floresta. El pasto se ha llenado de diminutas orquídeas  y rezuma todavía el rocío del alba que cubre a una nutria despistada. Abandona las lagunas para perderse en la espesura donde ya dormita el jabalí. Pronto despertará la otra dehesa con el silbo del pastor, el ladrar de los perros y el repicar de las merinas. Despierta la dehesa, despierta la vida, en la finca Valdepajares Tajo.

Si hay un icono paisajístico de la península ibérica, un ecosistema artificial que ha conseguido el marchamo de calidad ecológica es, por excelencia, la dehesa.
El uso secular de este paisaje pobre, de suelos escasos y ácidos, lo ha transformado, de la mano del hombre, en uno de los ecosistemas humanos más diversos y sostenibles del planeta. El aclarado del bosque, la domesticación de sus árboles, el sometimiento del monte bajo y el sabio manejo de las razas ganaderas autóctonas, han conseguido que la dehesa, hoy, sea un exponente de conservación a nivel mundial.





 
Se vuelve azul la dehesa y sale la luna entre sus copas. Sorprende al canto del autillo y al mochuelo en el tejado. Sale la jineta tintada de lunares, como estrellas negras, a merodear junto a la charca. Las ranitas meridionales de la mañana dieron paso a los sapos corredores y juegan los tritones, entre los juncos de la orilla. Silencioso, cruza el ciervo el camino. Lejos quedan aún los bramidos de su celo, y ahora, silencioso, como llegó, se fue, el señor de la dehesa.
















jueves, 8 de septiembre de 2016




El tío Garrones disparó y el último lobo de la Comunidad de Madrid se desplomó en el paraje de los altos de Malagón. Corría el año 1952 y con él, desaparecía no sólo un animal, sino todo un mito que había llenado de temores las noches invernales junto al fuego.
Hoy los peñascales de la sierra de Guadarrama acogen de nuevo los aullidos del lobo y es un deber de la Administración el velar por que se perpetúe en nuestros bosques o que termine definitivamente apolillándose en la vitrina del museo de ciencias naturales.

A menudo se acusa a los grupos conservacionistas de introducir las especies en el medio para, desde la comodidad de sus despachos, perturbar la paz de las sociedades rurales, negándose la capacidad de ver que las especies reaparecen cuando lo hacen las condiciones que les permiten su desarrollo.
La despoblación del mundo rural, el abandono de la agricultura de subsistencia, el crecimiento de la masa forestal o el manejo motorizado de muchas de las faenas de la ganadería, han propiciado el aumento de la fauna silvestre y con ella…aparecen los superpredadores.
Las presiones del mercado y la ausencia, durante mucho tiempo, de aquellos con los que compartíamos el monte, han relajado las buenas prácticas que nos enseñaran nuestros mayores, y hoy el lobo en sus campeos serranos, da buena cuenta de todos estos desatinos.
La proliferación de una ganadería extensiva, a la que no se le puede dedicar el tiempo necesario por los bajos precios de las canales y el deber de complementarlo con otras actividades, la desaparición del mastín como perro de guarda o el no estabular las reses en las épocas y edades en las que pueden ser más vulnerables, están sembrando el campo de odio.
Y para que éste no arraigue es deber de las administraciones salvaguardar los intereses de estas dos poblaciones en peligro de extinción, el lobo ibérico y el hombre rural, obligados a convivir.
El lobo se muestra a escasos kilómetros de Madrid, como la oportunidad de rescatar esos pueblos olvidados de nuestras sierras, condenados a la migración ante la escasez de oportunidades que se les plantea.

La marca lobo debe formar parte de la recuperación de estos baluartes donde se recopila la cultura popular, una cultura que lleva acumulándose cientos años y que nos permite reencontrarnos con nuestros orígenes, con nuestras tradiciones y con nuestra identidad. Reservorios de biodiversidad en forma de nuestras razas de ganadería y agricultura autóctona abocadas a desaparecer en pos de la homogeneidad de los lineales de nuestros supermercados.
¿Y mientras tanto? Una política de agilización de las indemnizaciones y de un pago justo de las mismas, pero no a cambio de nada, sino enfocado a dotar de métodos de prevención y de prácticas sostenibles para convivir ambas especies. Sólo así comenzarán a disminuir los ataques del cánido sobre el ganado y comenzarán a percibirse los beneficios de su presencia en las economías rurales.
Deberemos promover el desarrollo de las poblaciones que conviven con el lobo y del tejido empresarial. La creación y formación de emprendedores y cooperativas que les hagan de nuevo soberanos de sus recursos comercializándolos y evadiendo las malas praxis de las líneas de distribución.

Los programas de sensibilización de la población rural, mediante actividades con los escolares o conferencias y encuentros de ganaderos, con aquellos  que ejercen su misma profesión en las zonas loberas de la península donde ya se han dado cuenta que vale más un lobo vivo que muerto, se antojan imprescindibles.
El lobo aúlla de nuevo en la sierra de Guadarrama, está diciendo a los cuatro vientos que la montaña vuelve a estar llena de vida. Ahora es nuestro deber que esta vida aprenda de nuevo a convivir.




No es lobo todo lo que parece...
A menudo se dice que no todos los ataques sufridos por el ganado son producidos por lobos y se culpa a los perros asilvestrados.
¿Pero realmente qué perros son estos?
En las monterías de caza mayor se utilizan realas de perros, para sacar a los animales emboscados en el monte bajo, batiendo y conduciendo a los animales a los puestos donde les están esperando para darles muerte. Finalizada la acción los grupos se recogen a la voz del cuerno o la caracola del montero. Pero no siempre acuden todos los perros, y son frecuentes los canes que quedan en el monte víctimas de los avatares de la caza o distraídos tras los rastros encontrados. Estos animales, si sobreviven, se suelen agrupar entre ellos y dar rienda a su instinto de caza que ya está en ellos muy desarrollado. Estas manadas cazan de igual forma que acosan las realas y por extensión las manadas de lobos, sobre las mismas presas, principalmente ungulados. La salvedad es que los perros, conocedores del ser humano, no lo temen y osan acercarse mucho más a sus dominios e incluso enfrentarse a ellos.

miércoles, 29 de julio de 2015