jueves, 8 de septiembre de 2016




El tío Garrones disparó y el último lobo de la Comunidad de Madrid se desplomó en el paraje de los altos de Malagón. Corría el año 1952 y con él, desaparecía no sólo un animal, sino todo un mito que había llenado de temores las noches invernales junto al fuego.
Hoy los peñascales de la sierra de Guadarrama acogen de nuevo los aullidos del lobo y es un deber de la Administración el velar por que se perpetúe en nuestros bosques o que termine definitivamente apolillándose en la vitrina del museo de ciencias naturales.

A menudo se acusa a los grupos conservacionistas de introducir las especies en el medio para, desde la comodidad de sus despachos, perturbar la paz de las sociedades rurales, negándose la capacidad de ver que las especies reaparecen cuando lo hacen las condiciones que les permiten su desarrollo.
La despoblación del mundo rural, el abandono de la agricultura de subsistencia, el crecimiento de la masa forestal o el manejo motorizado de muchas de las faenas de la ganadería, han propiciado el aumento de la fauna silvestre y con ella…aparecen los superpredadores.
Las presiones del mercado y la ausencia, durante mucho tiempo, de aquellos con los que compartíamos el monte, han relajado las buenas prácticas que nos enseñaran nuestros mayores, y hoy el lobo en sus campeos serranos, da buena cuenta de todos estos desatinos.
La proliferación de una ganadería extensiva, a la que no se le puede dedicar el tiempo necesario por los bajos precios de las canales y el deber de complementarlo con otras actividades, la desaparición del mastín como perro de guarda o el no estabular las reses en las épocas y edades en las que pueden ser más vulnerables, están sembrando el campo de odio.
Y para que éste no arraigue es deber de las administraciones salvaguardar los intereses de estas dos poblaciones en peligro de extinción, el lobo ibérico y el hombre rural, obligados a convivir.
El lobo se muestra a escasos kilómetros de Madrid, como la oportunidad de rescatar esos pueblos olvidados de nuestras sierras, condenados a la migración ante la escasez de oportunidades que se les plantea.

La marca lobo debe formar parte de la recuperación de estos baluartes donde se recopila la cultura popular, una cultura que lleva acumulándose cientos años y que nos permite reencontrarnos con nuestros orígenes, con nuestras tradiciones y con nuestra identidad. Reservorios de biodiversidad en forma de nuestras razas de ganadería y agricultura autóctona abocadas a desaparecer en pos de la homogeneidad de los lineales de nuestros supermercados.
¿Y mientras tanto? Una política de agilización de las indemnizaciones y de un pago justo de las mismas, pero no a cambio de nada, sino enfocado a dotar de métodos de prevención y de prácticas sostenibles para convivir ambas especies. Sólo así comenzarán a disminuir los ataques del cánido sobre el ganado y comenzarán a percibirse los beneficios de su presencia en las economías rurales.
Deberemos promover el desarrollo de las poblaciones que conviven con el lobo y del tejido empresarial. La creación y formación de emprendedores y cooperativas que les hagan de nuevo soberanos de sus recursos comercializándolos y evadiendo las malas praxis de las líneas de distribución.

Los programas de sensibilización de la población rural, mediante actividades con los escolares o conferencias y encuentros de ganaderos, con aquellos  que ejercen su misma profesión en las zonas loberas de la península donde ya se han dado cuenta que vale más un lobo vivo que muerto, se antojan imprescindibles.
El lobo aúlla de nuevo en la sierra de Guadarrama, está diciendo a los cuatro vientos que la montaña vuelve a estar llena de vida. Ahora es nuestro deber que esta vida aprenda de nuevo a convivir.




No es lobo todo lo que parece...
A menudo se dice que no todos los ataques sufridos por el ganado son producidos por lobos y se culpa a los perros asilvestrados.
¿Pero realmente qué perros son estos?
En las monterías de caza mayor se utilizan realas de perros, para sacar a los animales emboscados en el monte bajo, batiendo y conduciendo a los animales a los puestos donde les están esperando para darles muerte. Finalizada la acción los grupos se recogen a la voz del cuerno o la caracola del montero. Pero no siempre acuden todos los perros, y son frecuentes los canes que quedan en el monte víctimas de los avatares de la caza o distraídos tras los rastros encontrados. Estos animales, si sobreviven, se suelen agrupar entre ellos y dar rienda a su instinto de caza que ya está en ellos muy desarrollado. Estas manadas cazan de igual forma que acosan las realas y por extensión las manadas de lobos, sobre las mismas presas, principalmente ungulados. La salvedad es que los perros, conocedores del ser humano, no lo temen y osan acercarse mucho más a sus dominios e incluso enfrentarse a ellos.

miércoles, 29 de julio de 2015

viernes, 13 de marzo de 2015

La Lastra, el pueblo maldito


video

Nacho Ares durante la grabación del programa
Los jóvenes, seguían a duras penas los pasos largos del pastor que les hacía las veces de guía, trepando por la empinada trocha que se acercaba a la aldea. Se pararon junto a una fuente de aguas cárdenas, casi metálicas en las que se desdibujaba la silueta de los viejos álamos negros que la custodiaban. Corría el año de 1903 y uno de esos jovencillos era Constancio Benaldo de Quirós, que todavía lo desconocía, pero estaba a punto de descubrir La Lastra. Cómo describiría después, “era una aldea en ruinas, abandonada en la entraña de la Sierra de Malagón, tan sólo habitada por unas viejas, viejas horribles, que se congregaban bajo los sórdidos umbrales; un lugar ingrato abandonado por sus moradores y en el que hubieran anidado una legión de malas hechiceras.”
Hoy, en los primeros compases del siglo XXI, parece mentira que a escasos kilómetros de la capital, todavía queden intactos lugares para el misterio. Lugares telúricos donde las historias se agolpan a los largo del espacio tiempo en apenas unos centenares de metros cuadrados, y La Lastra es uno de ellos. Aventurarse por los paredones arrumbados, sucumbidos al peso de la vida y la naturaleza que pugna por borrarlos del mapa, se convierte en una especie de puerta en el tiempo y en el alma.
La ruinas de La Lastra

Mujeres lobo, brujas, persecuciones, espectros o la trágica huella de una guerra fratricida, marcaron sus muros, con una marca indeleble que lo impregna todo, pasear entre sus ruinas es pasearse entre las ruinas del subconsciente colectivo, de los temores ancestrales y del mito y el rito más ligados que nunca, a la tierra.

Fruto de ese parto entre Gea y el hombre es la mujer, objeto mágico capaz de engendrar la vida, fuente de veneración desde la noche de los tiempos a la que se le otorgo el conocimiento, la Gran Madre,  en la que se depositaron las facultades para servir de nexo entre este y el otro mundo, capaces de aliviar el dolor, la enfermedad o de castigar con los males más terribles. La deformidad se cebó en algunas de estas mujeres, otras, emitían una belleza cautivadora, magnética, que llevó a la perdición de muchos.

Es imprescindible apuntarse en
 enriquegarcia.natursierra@gmail.com
Perseguidas, incomprendidas, sufrieron en sus carnes la irá de los temerosos, de la envidia, de los inferiores, de los dolientes, de los poderosos, de los hombres…

La Lastra permanece perdida en el corazón de la sierra, como testigo de un mundo único, cargado de símbolos, de fuerza y de vida, oculto por las nieblas de la superstición, las envidias y los juegos de poder.

 

 



En compañía del equipo de grabación de Cuarto Milenio
 

miércoles, 26 de noviembre de 2014

Viaje a la Indochina mítica




 
Acompaña a nuestro guía favorito en una de sus aventuras en busca de la vieja Indochina. Revive el pasado colonial de una de las regiones más hermosas del planeta, su naturaleza, su cultura, su gastronomía… Recorremos los pueblos más inhóspitos de las montañas en busca de las etnias más fantásticas, nos adentraremos en las bahías más fabulosas, esculpidas por milenarios dragones, cruzaremos selvas en busca de los templos perdidos, navegaremos por el Mar de la China o nos adentraremos por las calles de ciudades milenarias llenas de bullicio, colores y aromas. Ven a pasear bajo la luz de la luna por las ciudades imperiales o remonta el río del Perfume en busca de su increíble pagoda.
Una región capaz de evocar miles de sentimientos y pasiones que ha enamorado a todos aquellos viajeros que se han aventurado a adentrarse.
Ahora, enamórate tu también a través de nuestras crónicas,  en exclusiva, para nuestros amigos de Facebook y Twitter para vivir con nuestro corresponsal un viaje inolvidable.
 
 
                                                             Si no nos sigues todavía búscanos:
 

 

martes, 30 de septiembre de 2014

La Berrea en la Dehesa

Macho en plena berrea


El cielo comienza a tomar tonos plomizos, desterrando a los violáceos recuerdos que dejó la noche sobre el encinar, todavía velado por las nieblas, que se aferran como los recuerdos, en la profundidad de los valles. Ahora la temperatura ha descendido a mínimos y el aliento se muestra ante los ojos como una exhalación de vida densa y pesada.
El silencio, el olor a tierra húmeda, el rocío de la mañana... se estremecen cuando el señor de la dehesa, rompe de nuevo el viento con su profundo canto. Estamos en berrera. Alzan el vuelo los bandos de torcaces y la piara de la vieja cochina recoge su camada rumbo a la negrura del jaral.
Nervioso, notablemente desmejorado, con la testuz a media altura, reúne ansioso a su harem de hembras despreocupadas, afeado por la maneras, pues abundan los mordiscos y empellones, mientras sigue clamando al cielo su masculinidad, barritando la presencia del peligro.
En lo profundo del bosque, comienza a mecerse lentamente una percha, una gran cornamenta que se hace visible antes de emerger, heroico, erguido, el gran ciervo. Su simple estampa es sobrecogedora, altiva, regia. Con su vientre oscuro, oloroso, se acerca al claro, mientras que el viejo señor, hace sus últimos esfuerzos para levantar su cabeza y exclamar con un berrido...desgallitado, afónico. La temblazón de sus piernas pugna por sostenerlo.
El nuevo macho se acerca al medio del claro y alzando la garganta al alba, rompe de nuevo la calma. El berrido es profundo, prolongado, altivo... es el reclamo del nuevo rey por su corona. El viejo, se niega a abdicar, se aferra sobre sus cuatro patas, dispuesto a la pelea.
El joven aspirante, le rodea, le huele, le observa... pasea con paso firme midiéndose desde la distancia y cuando le tiene a penas unos metros, le berrea en su misma cara.
Por un momento, el tiempo se detiene en la campiña y se quiebra en fugaz tumulto, patas que rompen el suelo, bramidos, aliento perdido, golpes, astas que golpean, se entremezclan, polvo... y de pronto, silencio. Ambos jadean, prólogo de la siguiente embestida. Sus cuellos se tensan, su cuernas se abrazan y su furia brama. El viejo macho pierde los pies y rueda por el suelo, se cubre de tierra y le cuesta trabajo levantarse, se habría quedado allí, tendido, si el nuevo rey, el joven ciervo, no le hubiese alzado de una certera cornada.
Renqueando, con una cojera visible, parte cabizbajo el viejo señor de la dehesa, mientras, es perseguido hasta las puertas del ring por el nuevo aspirante que arrogante, se emplaza en el medio de la pradera y grita a los cuatro vientos quién es el nuevo señor de la dehesa.
En el destierro de tomillos y cantuesos, olvidado de las glorias entre el áspero jaral, el viejo venado verá llegar poco a poco a las Parcas, la herida es fea, las fuerzas escasas y su orgullo ultrajado.
No tardará mucho, quizás un par de días, en invitar al festín a los grandes viajeros del cielo, al sobrio buitre negro, él de cabeza azulada o a la tropa de generales de cuellos orlados que en un santiamén, dejarán en el jaral apenas, el blanquear de unos huesos y una corona mellada, de aquel rey destronado que ataño, gobernara en la dehesa.
Hembra con la gabata del mes de junio, pues luce todavía las manchas características.
Macho de gamo, con frecuencia se adelanta la ronca de estos cérvidos solapándose con la berrera.
Esta hembra acompañada de su cría del mes de abril o mayo, pues ya ha perdido su típicas pintas.


Macho que luce su espléndida cuerna para rivalizar por los favores de su harem.


La hembras son menos corpulentas que los machos y mochas, también llamados orejonas por los monteros por sus grandes pabellones auditivos que destacan con respecto al tamaño de su cabeza.


miércoles, 2 de julio de 2014

NOCHES DE VERANO



Desde el principio de los tiempos la oscuridad ha producido al ser humano una sensación de desasosiego, de misterio, dónde los sonidos crecen al albor de la imaginación, desvelando nuestros propios miedos y anhelos. El mundo de la noche con sus curiosos habitantes se nos oculta al temor de una realidad, a la  que nos negamos a abrir los ojos. Pero no es menos cierto, que al caer la noche, el bosque se llena de nuevo de vida, y unos actores sustituyen en sus papeles a otros dispuestos a representar una función ignota.
La oportunidad que nos da nuestro astro la Luna, cuando estas tibias noches veraniegas, baña con su luz las florestas, es una ventana sin igual para asomarnos al mundo de la noche y de sus moradores. La última hora tras el ocaso viste de colores imposibles el horizonte, mientras poco a poco comienzan a surgir los primeros luceros que tachonan el cielo.
La actividad de muchos animales comienza ahora su frenético divagar, lejos de la mirada del ser humano. No todos los animales que tiene hábitos nocturnos podríamos decir que lo son, muchos de ellos, habitúan a ser más diurnos en lugares donde la presión humana es menor, pero aquí lo hacen bajo el cobijo de la sombras, para protegerse de la ira de los hombres. Animales como el lobo, en nuestra península, apenas si aúlla y su actividad es mayoritariamente nocturna, mientras que en Alaska, son más ruidosos y sus andanzas son muy a menudo diurnas.
Otros sin embargo, son especialistas de estas noches. Llegados desde África pasan la noche cosechando insectos y mosquitos, algunos tan extraños como los chotacabras,  que cantan sus romances con estrofas que jamás atribuiríamos a un pájaro y sí, quizás, a un semáforo. Otros residentes, aprovechan igualmente estas veladas perfectamente adaptados a la oscuridad, los murciélagos, captan a sus presas por ultrasonidos que son capaces de percibir de mil y una maneras, dando lugar a una diversidad de tamaños y formas asombrosas.
Si hay un señor de la noche ese es, el Gran Duque, el Búho Real y sus lugartenientes: mochuelos, cárabos, lechuzas… que pueblan nuestros bosques, caseríos y ciudades en busca de roedores e insectos. Su sigilosa presencia pasa desapercibida, salvo por el monótono y repetitivo kiá del autillo que sale de los sotos y parques.
Nocturnos cazadores tienen ahora la oportunidad de recorrer sus pagos, la garduña o la gineta aprovechan el descuido de muchas aves que dormitan ahora en ramas bajas, para encaramarse y dar buena cuenta de ellas o de sus nidos, sin despreciar la oportunidad de algún ratón de campo o entrar por la portezuela de un gallinero. Menos sigilosos es el guerrero del antifaz, el tejón que se muestra ruidoso y confiado rebuscando entre la hojarasca sus preciadas lombrices o saboreando con fruición los sabrosos frutos estivales, sabedor del temor que su fiereza despierta sobre el resto de los habitantes del bosque.
Fiereza es un apelativo no siempre bien empleado con este otro personaje, el jabalí, demonizado por generaciones de monteros y que durante las largas noches, recorre los campos a trote cochinero, en busca de raíces, tubérculos y pequeños mamíferos que echarse a su boca. La ausencia de grandes depredadores, hacen que el control de su población en muchas regiones deba hacerse de manera urgente, pues buscan alimento en granjas y cultivos, causando graves daños a las comunidades.
Una miríada de insectos abandona durante estas horas su cobijo, bajo la hojarasca y troncos caídos del bosque. La araña Lobo aprovecha la oportunidad para salir de su madriguera y campear en busca de alimento. Otro que se alimenta durante estas noches cálidas es nuestro escorpión ibérico, el alacrán, pariente de nuestras arañas que pasa los soleados días veraniegos, al cobijo de piedras y troncos.
Algunos oficios aprovechan el suave descenso de las temperaturas para mantenerse activos, cuando un ejército de roedores: musarañas, topillos, lirones, ratones… aprovechan para auscultar hasta el mínimo rincón del campo. Esta es la víbora hocicuda, que espera pacientemente el paso de uno de estos incautos para asaltarle con su mortal picadura que hará efecto pocos segundos después. Pacientemente dislocara su mandíbula para ingerir su presa. Con la tripa llena, pasará varios días a refugio, hasta que vuelva a tener hambre.
Caminar bajo la Luna es un placer desconocido, que reporta múltiples sorpresas. Sensaciones como recorrer los espaciosos pinares de la sierra teñidos de plata, observar como las largas sombras azules tiñen de malva el robledal o las estrellas palpitar en una bóveda inmensa, nos trasladan al origen de los tiempos, en el que él ser humano, todavía estaba en comunión con el lugar que le vio nacer.