jueves, 12 de abril de 2018


Amanece. Permanecen enganchados los jirones de niebla en el gran salón de las encinas, al fondo triscan los brotes tiernos de la primavera una corza  y sus dos crías. Revolotean a su alrededor las palomas torcaces nerviosas, se presiente la sombra del azor en la floresta. El pasto se ha llenado de diminutas orquídeas  y rezuma todavía el rocío del alba que cubre a una nutria despistada. Abandona las lagunas para perderse en la espesura donde ya dormita el jabalí. Pronto despertará la otra dehesa con el silbo del pastor, el ladrar de los perros y el repicar de las merinas. Despierta la dehesa, despierta la vida, en la finca Valdepajares Tajo.


Si hay un icono paisajístico de la península ibérica, un ecosistema artificial que ha conseguido el marchamo de calidad ecológica es, por excelencia, la dehesa.
El uso secular de este paisaje pobre, de suelos escasos y ácidos, lo ha transformado, de la mano del hombre, en uno de los ecosistemas humanos más diversos y sostenibles del planeta. El aclarado del bosque, la domesticación de sus árboles, el sometimiento del monte bajo y el sabio manejo de las razas ganaderas autóctonas, han conseguido que la dehesa, hoy, sea un exponente de conservación a nivel mundial.






 
Se vuelve azul la dehesa y sale la luna entre sus copas. Sorprende al canto del autillo y al mochuelo en el tejado. Sale la jineta tintada de lunares, como estrellas negras, a merodear junto a la charca. Las ranitas meridionales de la mañana dieron paso a los sapos corredores y juegan los tritones, entre los juncos de la orilla. Silencioso, cruza el ciervo el camino. Lejos quedan aún los bramidos de su celo, y ahora, silencioso, como llegó, se fue, el señor de la dehesa.
















1 comentario:

A Casa Madeira dijo...

Super interessante.
Adorei conhecer.
janicce.